Me gusta contarle cuentos a mi hija Sol... y a cualquier niño, los cuentos son mágicos, es algo irrefutable. Me gusta que diga en su cole que su madre es la mejor cuentacuentos, me gusta su cara cuando le digo que tengo una caja en la tripa llena de cuentos y que por la noches, cuando me da un beso, se abre la caja y sale volando una historia única...y tal vez sea cierto.


30/11/2015  Una historia sobre historias...

 

Voy en el metro, como cada lunes. ¿Y si un día me despertase y no hubiese mas lunes? La gente se empuja más los lunes, me da esa sensación, sobre todo en Alonso Martinez. Siempre me pregunto que tendrá Alonso Martinez para que la gente se empuje tanto. Y mientras voy sentada observo a la gente e imagino sus historias. Y es que, el metro, como la vida, viaja lleno de historias. No desde el principio, al principio sólo es gente, pero a medida que les das una historia, cada uno va tomando entidad propia, y ya tiene ojos, y cara, y alma, y pasado, e incluso, un futuro.

 

Hoy voy sentada frente a un señor de azul, tiene cara de llamarse Alfonso, pantalón azul, jersey azul y camisa de cuadros rosas. Lleva zapatos negros. Le diría que nunca han conjuntado el azul marino y el negro, pero entonces sería mi historia, y no la suya. Va oyendo música con unos auriculares de los de toda la vida, los de espuma, no es feo, tampoco guapo. Le falta energía, claro, es lunes. Alfonso, definitivamente, es de color azul marino. No está casado, tiene 38 años y vive sólo en un apartamento en algún punto de la línea 10, digamos en Alcobendas. Tuvo una novia muchos años a la que conoció en la universidad, pero le dejó porque él no tenía expectativas en la vida. Ella no le dijo esto claro, le dijo, como nos han dicho a todos, que necesitaba tomarse un tiempo, o que no era por él, o que necesitaba encontrarse a sí misma, algo así le dijo y ya han pasado cuatro años.   

 

Alfonso trabaja como administrativo en una empresa de construcción, tiene miedo de perder su trabajo con la crisis. No es que le guste su trabajo, que no le gusta nada, pero él se conforma. Y así pasa los días de su vida azul marino, esperando sin esperar. Y yo le voy quitando pedacitos de su intimidad con mi imaginación. Se baja en Cuzco, un poco más desnudo, y con él se lleva su historia anónima. 

 

Próxima estación, Santiago Bernabeu. Una madre mayor con su hijo de 8 años, Pablo, supongo. Pablo lleva gafas y se le ha caído un diente, me hace gracia. Tiene cara de gamberro. Si algún día tengo un hijo me gustaría que se pareciese a Pablo.

 

Lleva el chándal del colegio porque le toca gimnasia a primera hora, por eso sonríe con su cara de gamberro. Lleva un estuche de Bob Esponja, con todos sus lápices de colores, rotuladores carioca y las ceras “plasticosas”, no las de plastidecor, las otras, las que nunca pintaban y siguen sin pintar, uno de esos estuches que me encantaban de niña.

 

Pablo sonríe todo el tiempo, tiene toda la vida por delante para tomar sus decisiones, aunque él no lo sabe. Puede ser todo lo que quiera, tal vez por eso sonríe, aunque no lo sepa.

¡Mi parada! Me bajo en Alonso Martinez, con otras 2.500 personas, empujándome  todas ellas, las 2.500, pero no 

 

me importa, porque ya le escucho, como cada día. Es el señor que canta en la entrada de la línea 5. 

 

No sé su nombre, ni quiero  imaginar su historia, me quedo siempre en su voz. Tiene voz de negro, una voz rota, y cada día, me hace sonreír en el pasillo, aunque me empujen.

 

Lleva un sombrero de piel. Yo creo que canta porque le gusta, le tiene que gustar si provoca en mí esta emoción cada mañana. Si no lo sientes no lo puedes transmitir, creo. Y por eso canta en el metro, en el pasillo. No por dinero sino por generosidad. Teniendo esa voz es normal que se sienta obligado a compartirla.

 

Cojo la línea 5, toca transbordo, una chica entra corriendo, cerrándose tras ella las puertas de un vagón abarrotado de gente. No voy sentada ahora, pero no es necesario para conocer su historia…Se llamará Ana. Es licenciada en derecho por la Universidad Autónoma de Madrid, quiso estudiar allí oponiéndose a su padre, que estaba empeñado en que estudiase en una universidad privada donde estaría más arropada y tendría muchos más medios y mejores oportunidades. Ana es cabezota, tenía claro dónde quería estudiar y no cedió ante los argumentos de su padre. Seguramente él está orgulloso, aunque no lo diga, aunque se hiciera el enfadado, se le cae la baba con su hija mayor, porque ella, es igual que su padre.

 

Definitivamente, es guapa. Con una belleza particular, diferente. No tiene unos ojos bonitos, ni un pelo especialmente brillante, ni una nariz pequeña, ni los dientes alineados, pero es guapa con una belleza que le sale de dentro. Con la belleza del que está seguro y va pisando fuerte. Y brilla.

 

Ana termina la carrera en Julio, con buenas notas aunque sabe que podrían ser mejores, es muy extrovertida y no ha podido evitar pasar tiempo en la cafetería dónde jugaba al mus matando las horas muertas del turno de tarde, 

 

-¡Órdago!

-No puede ser Ana, ¡siempre vas de farol! 

 

He llegado a mi destino, Núñez de Balboa, "correspondencia con línea 9".

 

El metro se pone en marcha y se lleva con él todas las historias, historias anónimas, pero únicas y genuinas para sus protagonistas. Pienso que soy un poco todas ellas, que todos lo somos. Un poco Alfonso cuando tenemos miedo al mañana y nos conformamos, un poco Pablo con un mundo de posibilidades por delante y el resto de nuestra vida para ir a por ellas y un poco Ana cuando pisamos fuerte pero, sobre todo, somos nuestra propia historia, con la siguiente página en blanco dispuesta para ser escrita y, tal vez, si me encuentras en el metro, también para ser contada.

 

 

 


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Comentarios: 1
  • #1

    Martirio (lunes, 14 diciembre 2015 18:19)

    Uniendo este artículo con el de Enchiliada, yo también tengo una tendencia excesiva a comunicarme, pero sólo a tiempo parcial, que quiere decir que de repente alcanzo un punto de saturación y para recargarme puedo estar una semana sin hablar con nadie.

    Esa tendencia hace que, además de imaginar la vida y milagros de todo bicho viviente con el que me cruzo (aunque no con tanto detalle como Blanca), tienda a dirigirles la palabra cada vez que puedo. Sobre todo con el gremio de los taxistas mantengo conversaciones profundísimas en las que me cuentan su vida y milagros en los 7 minutos que tardo en llegar en taxi a mi casa (a veces son 10 minutos). Otra fuente de regocijo son las colas. Hago muchos amigos en las colas. Cuando era más joven y definitivamente más sociable, incluso llegué a quedar dias después para ver otra película con alguien a quien había conocido en la cola de un cine .

    Mucha gente me dice que cómo es posible que me cuenten tantas cosas, y yo siempre contesto que es porque pregunto. Todavía no he encontrado a ninguno que me mande a la porra ni me diga que a mí que me importa. Doy fe de que en ocasiones la vida que me cuentan es más extravagante y rara que la que se me ha ocurrido a mí.