Magnolias de acero en "La Bruja"

Mi abuela y su hermana decidieron compartir sus vidas y sus familias en torno a una casa que construyeron, estoy segura, sobre un cementerio de magnolios. La Bruja siempre ha sido una casa con alma propia, a la altura de una novela de Isabel Allende. Allí crecieron muchas mujeres diferentes pero con algo en común, todas son magnolias de acero.

Mi abuela era una de esas personas que dejan huella. Era elegante, como Audrey Hepburn, y siempre olía a inicio de verano, a sábanas limpias y a patatas fritas (ya se que suena raro eso de ser tan elegante y oler a patatas fritas, pero era una combinación perfecta de magnolia de acero, digna de la mejor creación de Jean Baptiste Grenouille en “El perfume”). Transmitía una serenidad que hacía más pequeño cualquier problema y siempre tenía alguna maldad en la cabeza para hacernos rabiar, pero ella se lo podía permitir, no conozco a nadie que fuese capaz de no quererla.

 

La Bruja siempre ha sido una casa con alma propia. Recuerdo sus sonidos; el crujir acusador de la entrada al llegar de madrugada y el reloj de péndulo que te avisaba del paso del tiempo en voz muy alta (me gustaría ahora poder invertirlo y recuperar alguna tarde de tertulia en el salón).

 

Recuerdo los desayunos en “el comedoruco” de la cocina. Mi abuelo con sus camisones hindúes comprados en Canarias, un cigarro siempre en la mano y el diario montañés. Y mi abuela, con su olor a magnolia de acero, preparando litros de colacao y picatostes y dirigiendo la vida en la Bruja.

 

Recuerdo las meriendas debajo del ciruelo al subir de la playa, donde nos reuníamos siempre diez, doce o hasta treinta personas y los sándwiches de verano y de pasta de bonito. Y recuerdo también dejar a mis amigos en la playa sin entender por qué me iba corriendo al dar las 5, en el reloj de péndulo de la entrada, en lugar de seguir disfrutando de la edad del pavo con ellos en la playa…

 

Pero la Bruja tenía un imán que nos unía a todas sin saberlo para tejer juntas historias y risas en el jardín, y algunas, también, jerseys y chaquetas.

 

A mi tía abuela, que para mí es abuela, la llamamos Tiachicha, Pelohueco y varios sobrenombres más que reflejan, por un lado, la cabronez de sus 5 hijos (marca de la casa) y por otro, la genialidad de ella.

Tiachica es una de esas personas con las que siempre querrías estar: divertida, fuerte como un roble, cariñosa, cabezona, que dice todo lo que se le pasa por la cabeza y cenadora permanente de huevos fritos. La he visto tantas veces llorar de la risa que siempre que pienso en ella se está riendo. Ella sostiene ahora la mitad del imán de la Bruja que pertenecía a mi abuela.

 

Mis tías maternas, que no pueden ser más diferentes entre sí:

 

Marta, la elegante, fuerte y discreta. Siempre con la palabra y el collar adecuados y que transmite una serenidad capaz de amansar a cualquier fiera.

 

Marieta, aventurera y locatis, a la que “siempre” no es una palabra que le vaya mucho porque para ella cada día es una oportunidad diferente para aprovechar al 200% cada segundo.

 

Luci, mi madrina, pasota, inteligente, valiente y segura con su objetivo, siempre a punto para detener e inmortalizar un trocito de la vida.

 

Teresa, la más creativa, que todo lo que se propone lo hace mejor que nadie.

 

La Gorda, caradura y divertida, nada había mejor que ir en su coche cantando a voz en cuello canciones de culos y pedos.

 

Elena, la bondad, que supera cualquier descripción con palabras y que es perseguida por la Real Academia de la Lengua para echarla del país.

 

Ana, la más fantástica y silvestre, que hizo de su vida un bosque encantado.

 

Y mi madre, claro, que es para mi la mejor de todas y la que más se parece a mi abuela. Es otra magnolia de acero, ácida, lista, rápida, segura y sabe adaptarse a cualquier situación con humor (un humor gris marengo que nos ha pegado a alguna de sus hijas...). También heredó de mi abuela la pasión por chinchar y las maldades en la cabeza y, para mí, esa es la mejor parte de su encanto.

 

Estas son algunas, unas pocas, de las mujeres de mi vida, son parte de lo que soy y son magnolias de acero, a las que admiro y a las que quiero aunque a veces, también, me den ganas de pegarlas….


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Comentarios: 6
  • #1

    Teresa Magnolia (domingo, 15 mayo 2016 00:01)

    Gracias Blanca, me has emocionado.

  • #2

    Magnolita (domingo, 15 mayo 2016 03:07)

    Eso es mucho viniendo de tí, es difícil emocionar a una magnolia de acero... ;)

  • #3

    Lucía (domingo, 15 mayo 2016 11:02)

    Un retrato perfecto del clan de las. Magnolias, gracias blanquita, me ha encantado

  • #4

    Mayte (domingo, 15 mayo 2016 21:34)

    Precioso Blanca! Eres digna sucesora de todas ellas....

  • #5

    Max (lunes, 13 junio 2016 20:56)

    Solo te conozco a ti Blanca, pero tu descripción es fascinante y tus magnolias suenan increíbles, gracias por compartir esto conmigo, tiene un aire a mi Belvedere, donde crecí y aunque creo que estaba sobre cientos de frutales y no magnolios, cada uno en mi familia tiene un aire propio.... de nuevo MUCHAS GRACIAS

  • #6

    Agata (domingo, 18 diciembre 2016 00:31)

    Dan ganas de retroceder en el tiempo y conocerlas a todas en la Bruja. Ahora entiendo mejor quién eres!!!! Pequeña magnolia de acero